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VIENTO DEL SUR, Memoria Chilena
Papelitos del Mundial III PDF Imprimir E-mail

por Leonardo Jiménez

“-EL ÚLTIMO- ”

El naufragio de los grandes …y la confirmación que  “el Uruguay no es un río…”

En el futbol mundial no hay verdad, lo que no quiere decir que solo hay mentiras.

América del Sur y sus adeptos futbolísticos soñaban para este Mundial la final de las finales, la que jamás se ha jugado: Brasil contra Argentina. A las primeras carreras, los primeros goles, con cuatro equipos sudamericanos de los cinco calificados en cuartos de final, el sueño parecía palpable. Entonces comenzaron los tropezones, ¡ y que tropezones !.

Todo comenzó el 2 de julio, en Puerto Elizabeth, en el partido Brasil Holanda, cuando los penta-campeones se pasearon el primer tiempo, partiendo al descanso con el 1 a 0. En la cabeza de la “amarela” se atornilló la certeza que el partido estaba ganado. El castillo de suficiencia que se habían levantado se les vino poco a poco abajo.  Primero hubo la salida a cazar mariposas del formidable Julio César, en una falla que no le es habitual. En seguida, en la aplicación del principio “pequeña falta y grandes consecuencias”, una pelota que podía ir fácilmente en lateral, en un instante de distracción, fue a dar en corner. De la misma manera que en los dos corners de la final contra Francia en 1998, hubo un blanco defensivo donde nadie sabe donde está ni porque está allí, entonces Sneider con su 1,70 m. les puso de rebote la cabeza del gol definitivo. Después de eso los brasileños tomaron conciencia del abismo que se les estaba abriendo bajo los pies, pero carecieron de experiencia, de serenidad y se enterraron definitivamente con todas sus ilusiones del sexto titulo. Como se dice en el lenguaje popular, se cayeron por “sobrados”.

Para el equipo de Maradona fue peor. El 4 a 0 contra Alemania, en nada tan tremenda, tuvo un sabor aun mas amargo que el 6 a 0 cosechado en el altiplano boliviano. En realidad Argentina a ningún momento jugó a la altura de sus ambiciones –quizás no tenía ambiciones-, como esos equipitos de provincia que al llegar al estadio se dan cuenta que la cancha es más grande pisando el césped que desde la tribuna. A medio tiempo, cuando Argentina perdía solo 1 a 0, un argentino fanático de la albiceleste, se dijo ante una asistencia incrédula que seguía el partido: “Pero, che, ¿qué habrán fumado estos muchachos?  Desgraciadamente la continuación confirmó su juicio y el cuadro argentino se desgranó como un choclo seco.

De esa Argentina de Leo Messi, reforzada de una línea de ataque tan terrible que ni siquiera Pancho Villa había podido alinear una mas feroz con sus mejores “Dorados”, en noventa minutos no quedó nada. Ni despecho.

Me parece haber visto un campo de ruinas en la mirada de los incondicionales de Maradona, aquellos sudamericanos que no conocen banderas, que solo reconocen por patria el futbol del niño de Fiorito.  El final de la novela fue triste, cosa rara en nuestra literatura. Supe que habían grandes preparativos para la final, cualquiera fuera el adversario. La preparación consistía en bosques de banderas de los países latinoamericanos, sobre las cuales flotaban banderas blancas, cuyo color estaba en el texto escrito. En una cara de la bandera blanca se leía: “Diego, hoy somos todos argentinos”; mientras la cara opuesta ironizaba:”…y los otros ¡que sigan mamando!”  

Cuando los grandes bien grandes parten así, lo que mas temen normalmente es el aeropuerto de llegada, la bronca y la frustración multiplicada en el interior de los que tomaron el futbol como prótesis de felicidad.  Lo que siguió mostró que los brasileños tenían razón en inquietarse, mientras que sus colegas argentinos tuvieron una llegada mas tranquila, signo que eso era ya casi pasado. Quizás una muestra de no querer transformar esa derrota en dolor y sufrimientos para su hijo prodigio; dirán los sicólogos la capacidad argentina de perdón o simplemente otro signo de cariño.

En todo esto, el Uruguay, último calificado del grupo sudamericano en repechaje contra Costa Rica, llegó discretamente a África del Sur y terminó recogiendo las esperanzas futbolísticas de todo el subcontinente. Forlán y la celeste jugaron a la grande, sacudieron el polvo de una gloria que tanta gente olvidó después de 1930 y de 1950. En ese entusiasmo terminado frente a Holanda, con la garra charrúa abierta y ofensiva hasta el último segundo, los de mejor memoria se consolaron avanzando que el próximo Mundial se pasará en Brasil, donde la celeste selló, en 1950, el ilustre “Maracanazo”.

Es verdad, quizás chauvinismo, que a los que aprendimos el futbol en suelo sudamericano, jugando en las calles, la continuación del Mundial nos interesa poco. Pero la proeza uruguaya vale la pena de ser seguida por el ojo apasionado hasta el final, hasta esa lucha por el tercer puesto.
 
Además, es también de gran interés que ese pequeño país de “Tupamaros” o no, llamado hace tanto tiempo “la Suiza de América del Sur”, vuelva por el arte del futbol a la memoria de los que lo habían olvidado.

Para nosotros puede también ser tiempo de recordar a los exilados uruguayos que escaparon a la sangrienta dictadura militar instalada en sus fronteras. Allí, en esos años 70, cada uno de ellos llevaba en la mirada y en la voz el signo distintivo del verso suave y florido de Aníbal Sampayo:

“ El Uruguay no es un río, / es un cielo azul que viaja…”.

Leonardo Jiménez
Ginebra, el 5 de Junlo de 2010

Última actualización el Viernes, 09 de Julio de 2010 09:24
 
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Jueves, 01 de Julio de 2010 09:48

por Leonardo Jiménez

Brasil, ese obstáculo que nos persigue

Desde el lunes 28 de junio me vengo preguntando: ¿Hasta cuando Brasil va seguir esperándonos en la esquina del mundial, como si viniera para “cogotearnos”?  Al igual que en 1998, en Francia, nos encontramos de nuevo con Brasil en octavos de finales y, una vez más, el gran vecino de la “amarela” nos manda de vuelta a la casa. Admitamos que esta vez no había vuelta que darle; en el futbol funciona raramente el parangón bíblico de David y Goliat.

Chile se enfrentó a un rival ya rodado, ambicioso, que viene a ganar, en cuyo lenguaje de campeón ser segundo es lo mismo que ser último. El equipo es un bloque compacto, lleno de mil colores para bien representar el país, como tantos otros artistas que en la belleza dan una unidad a Brasil: Vinicius de Morais, María Betania, Gilberto Gil, Chico Buarque, etc., etc.

El arco lo confiaron a Julio Cesar, arquero imbatible, más seguro y sereno que el mismísimo Gilmar; rodeado por una línea defensiva digna del Brasil por la técnica, el arte de salir jugando e iniciar ataques fulminantes; bloque compacto, sólido, con poquísimas brechas impermeables aún al paso de ratones. El resto, mediocampo y ataque, es el Brasil que se parece al Brasil: explosivo y veloz, inmensamente creativo, que de la pelota mas fea sacan en cualquier momento una “Gioconda”. Chile cayó ante un grande que quizás ya sabe que, en los cuartos de finales, la nueva generación holandesa no está  a la altura ni de rayarle la carrocería… Pensar que en algún momento esperábamos que las flaquezas vinieran de Dunga que como jugador fue el menos brasileño de los brasileños, una especie de sargento gruñón, más aparentado a Pasarela que a Didí o Gerson. Sin embargo la calidad del equipo está mas allá de cualquier entrenador, y ese si debe ser un mérito de Dunga en el banquillo.

De todas maneras, de esta salida Chile no tiene porque avergonzarse. Se lanzó de lleno en el combate con sus armas por lo cierto: excelente manejo de pelota, vivacidad y velocidad. Pero el acorazado brasileño era macizo, un verdadero “pan de azúcar”, y el valeroso plan de ataque chileno se mudó en un abordaje ineficaz, como el que precedió el naufragio de La Esmeralda. Honradamente, como en la vieja historia, allí no había nada mas que hacer.

El futbol practicado por Chile nos dio una aureola de gloria; sedujo al espectador que vino a buscar el juego bonito de la misma manera que a los mas experimentados, como por ejemplo Johan Cruyff que cubrió de elogios el arte chileno del ataque y la habilidad que lo acompañaba.

A la luz de lo dicho, el poco de amargura que nos queda es la derrota frente a España, sobretodo por dos razones. Primero, sabíamos que al menos un empate nos evitaría de caer entre las patas del caballo, entiéndase evitar el confronto con Brasil. Segundo, no es España que ganó sino fue Chile que perdió. Mientras la selección practicó su futbol, la retaguardia española mostró febrilidad y poca seguridad: Sánchez y Valdivia creaban fácilmente trastornos. Esa era la fisonomía de la partida hasta el pelotazo de contragolpe en que Bravo, en viejito pascuero fuera de estación, le hizo el doble regalo a Villa: la pelota en los pies y el arco desguarnecido. (Creo que se sigue diciendo en Chile: “errar es humano, dijo el pato bajándose de una gallina”).  El problema más serio apareció en seguida, cuando la defensa chilena perdió de vista la importancia del evento y el contexto. Entonces irritados por la frustración cedieron al juego duro, como si alguien, “picado”, hubiese declarado en la pichanga de barrio “ahora, se juega al hueso”. La secuencia y repetición de faltas injustificadas condicionó al arbitro y, en cierta medida, lo empujó a cometer el error de la expulsión injusta donde había apenas un incidente sin importancia en el cruce de las carreras de dos jugadores. Jugar a diez casi dos tercios del partido era conceder un favor desmesurado para las ambiciones chilenas. La cosa es aún mas lamentable si se tiene cuentas que la derrota de 1 à 0 contra Suiza, quebró un resorte en la mecánica ganadora de la “roja española”, dejándola a nuestro alcance.

Debe ser la falta de experiencia de esos jóvenes, “falta de cancha” como dicen los seguidores de este deporte. Eso será sin dudas una lección de mucho valor para mas tarde.

No cabe ninguna duda, para los chilenos y los otros también, que “el niño maravilla” es una maravilla. Estamos delante de una generación prometedora, llena de talentos. Y, como repitiendo “ a César lo de César..”, digamos que Marcelo Bielsa es también una maravilla. Desde los tiempos de San Martín y Sarmiento que no había atravesado la cordillera “un Che” tan significativo e importante para nuestros sueños y nuestra historia –futbolística esta vez.


Bielsa es un apasionado de la pelota, en él todas las cosas importantes se declinan en futbol. Le deseamos mucha vida y salud rogando porque no olvide que su salud es también la nuestra.

Nosotros, para calmar la fiebre nacional, declaramos discretamente, al oído, que nuestro futbol se va pareciendo poco a poco a nuestra poesía, a la de Violeta, de los dos Pablo, de la maestra Gabriela, a la del infinito Vicente Huidobro, poeta mas creativo que todas las primaveras, de quien se cuenta que en el fondo de su tumba se escucha y se ve el mar.

Leonardo Jiménez

Ginebra, el 29 de Junio de 2010

Última actualización el Jueves, 01 de Julio de 2010 10:15
 
Crónica del exilio VIl PDF Imprimir E-mail
Lunes, 31 de Mayo de 2010 17:27
Carta del exilio: crónica de Leonardo Jiménez

El Mundial del 62, un Mundial memorable

En los años 50 y 60, el país flaco como un crucificado no hacía ruido, era discreto en la escena internacional. Si por casualidad el mundo hablaba de nosotros era sobretodo para horrorizarse con las noticias y las fotos de los diarios, donde el desorden de los escombros insinuaba la violencia, la destrucción y el balance fatal de los terremotos.

Sin embargo a partir del 30 de Mayo de 1962, durante tres semanas,  el mundo volvió su mirada hacia Chile, venido detrás de Brasil y Uruguay como la tercera nación sudamericana organizadora del mas importante certamen del fútbol mundial. El destino iba a tartamudear y esa calidad de tercera nación se repetiría en la tabla de posiciones, al final del juego.

Por esos años la FIFA no era aún el palacio de la nomenclatura, al cual nos acostumbraron mas tarde João Havelange y su “alter ego”, Sepp Blatter. Todo eso se veía en el mundial: se dejaba pasar, antes de todo, el futbol; el mundial era el templo del balónpie donde aun se podía circular bajo las arcadas sin tropezar con la masa estridente de mercaderes. Como marca de autenticidad del mundial chileno dos o tres encuentros fueron detenidos, momentáneamente, para atrapar y hacer partir al perro errante, mezclado en la cancha a los actores de la partida. (Hasta los estadios confirmaban que en el Chile de Jorge Alessandri R. los chilenos francamente libres solo podían ser los perros sueltos).

Última actualización el Sábado, 05 de Junio de 2010 10:57
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