Al norte del río Loa, en la provincia de Tarapaca, Iquique era capital y puerto en su urbanismo descosido de casas y casuchas donde se activaban 60 o 70 mil habitantes. Las escuela llevaban números y las calles, como aún hoy, lleveban nombres que eran más abstractos que los números.
| Carta del exilio: crónica de Leonardo Jiménez |

Los nombres de calles seguían la obsesión de la guerra de 1879 que los militaristas y caciques de turno bautizaron en el delirio “Guerra del Pacífico”. Sin embargo se trataba solo de la Guerra del salitre, inmolación de sangre chilena, boliviana y peruana, en beneficio de los capitalistas ingleses y de un puñado de “empresarios nacionales”. Para ilustrar el proceder, la avenida más atractiva de la ciudad la atribuyeron a un general tartamudo, hombre de razonamientos voluminosos para quien los soldados eran piezas en el tablero mortal del ajedrez salitrero.
Militares burgueses y políticos del mismo borde, “casta dominante” de fines del XIX, se ejercitaban entonces a la retórica mas que al razonamiento. Durante dicha guerra, patria y dios se confundían: la patria era magna y omnipotente, capaz de reconocer a los suyos en los campos de batalla, aún cuando solo fuesen fragmentos de hombres seccionados por el sable. Los autores intelectuales de semejantes bestialidades se cuidaban bien de no provocar ellos mismos a la muerte, en los “gloriosos” campos de batalla. Aceptable solo les era la proximidad del sable inofensivo que se colgaban a la cintura, pieza clave del retrato y falso testimonio de gloria militar destinado a hacerlos entrar en la historia.
Ya entonces una cierta oficialidad militar, mas que la valentía y el brazo fuerte en el combate, cuidaba las arengas que invitaban los soldados a todas las hemorragias posibles, arengas ya ensayadas y perfeccionadas delante de los espejos y congéneres. En la mayoría de los casos, el militar de carrera tenia con su propia muerte una relación de amante burgués y convencional: la Irresistible Muerte y “el Ilustre Soldado” preparaban el entierro en un lecho amplio y tranquilo, en una casona espaciosa de barrio privilegiado
Esa era la muerte del gran soldado! El otro, el insignificante, “el roteque” se jugaba generosamente la cabeza entre las nubes de balas, en la realidad nada fanfarrona de la guerra, la de los pobres diablos, los que no dejaron sus nombres en ninguna calle nuestra.
“A estos hue… se les paga caro por solo golpear con los tacos el pavimento y hacer pinta de ponerse serios mirando la bandera. ¡Yo también quisiera una pega* así !”, gritó, durante una preparación del desfile militar del 21 de mayo*, un hombre de edad avanzada, tildado de “marginal” en la ciudad. Siguió rápido su camino dejando detrás una chorreada de risas y, también, la confirmación que de esos espectáculos nada le interesaba. Allí, entre tanta gente estábamos esparcidos tres futuros amigos, ignorando casi todo unos de otros. Nuestras risotadas que duraron lo que duran los ataques de risas, casi la eternidad, nos permitieron el acercamiento cuando todos los demás habían ya abandonado al viento las palabras del viejo “marginal” y la risa.
Eleuterio, Inti y yo éramos alumnos del Liceo de Hombres; nos cruzábamos hasta entonces en la alharaca del patio de cemento con los otros 350 alumnos, por casualidad, o nos enfrentábamos en los campeonatos internos de baby-futbol. Eleuterio era hijo de milico, muchacho de cultura y acción, como lo definían irónicamente sus dos hermanos. En cambio, Inti conocía la puna y la hoja de coca, vino becado de un pueblito del altiplano. Asiduo lector de todo lo que estaba escrito y cliente permanente de la Biblioteca municipal, “chanchero”** de tiempo en tiempo, cuando el embrujo de la trama literaria le prometía más vida que las ciencias puras o humanas que nos servían en el liceo. Inti buscaba en los libros un misterio, y, por carambola, iba acumulando datos e historia, sin perder ese hilo continuo entre los hombres, los actos y las ideas.
Después de aquel episodio nos juntábamos a menudo para aprovechar el tiempo libre y seguir con la vista y con formulas primaverales muchachitas en flor que, como nosotros, tropezaban en los obstáculos adolescentes. Ellas salían del otro liceo, el de niñas, o del Instituto Comercial vestidas de blusas blancas bajo un sobrio “Jumper” azul y marino que les tocaba las rodillas. Una tarde sin profesor, bajo el peso del sol de noviembre, a dos cuadras del liceo y acompañados por los latidos del mar, nos sentamos a hablar de todo y terminamos uniendo esfuerzos para dar un nombre digno a la avenida del general tartamudo. Eleuterio propuso que la llamáramos “Avenida de los Mártires de la Escuela Santa María”. Pero se corrigió en seguida: “Este nombre es demasiado largo para los flojos. Hay que resumirlo con la fecha de la masacre: Avenida 21 de Diciembre”.
Para Inti debía llamarse Avenida Viracocha. “Viracocha va muy bien”, decía. “Fue el primer inca mítico –y estas tierras formaban parte del imperio; Viracocha personificaba los valores humanos que llevan a la civilización. Quizás decepcionado de su pueblo, se fue por el mar hacia el oeste, y prometió volver. Esta calle está al oeste. Mas encima, aunque parezca mentira, Viracocha era blanco –lo que ayudó muchísimo a los conquistadores españoles a la llegada. Y en este sector de la ciudad, viven casi puras familias blancas, los niños son hasta rubiecitos…”
Yo, con nostalgias familiares, propuse: Avenida Mancomunal*** o Luis Emilio Recabarren. Ellos se quedaron pensativos. Luego completé mis sugestiones con “Avenida de los Changos”. Entonces argumenté: “ Estos lugares eran suyos; ellos comenzaron esta historia con tres o cuatro toldos hechos de cueros de lobos marinos, con lo que hacían también las balsas. Los Changos eran nómadas y, mas de una vez, se instalaron frente a la isla del puerto hoy tragada por la ciudad. Si el término “Changos” no les cae bien al oído, llamémosla “Avenida de los Conchales” pues así, -de los Conchales-, llaman los científicos a las comunidades a carácter marino como los Changos”. Mis dos amigos se deshacían en carcajadas. Efectivamente, yo había pasado muy rápido sobre la palabra “concha”, maliciosa a destajo en el hablar chileno.
Vueltos a la serenidad, Eleuterio descartó caballerosamente mi proposición, diciendo entre sonrisas: “Eso de “Avenida de los Conchales” guárdalo para cuando le cambiemos nombre a la calle Thompson” –otro militar de carrera. Sépase que cuatro cuadras de esa calle Thompson estaban hechas de casas y casonas alegres, que oficiaban de talleres donde se forjaba el oficio mas viejo del mundo. Casa y casonas que la gente llamaba simplemente “cabarets” o “puteríos”. El trabajo quedó botado: el tiempo y los estudios nos separaron. No conseguimos cambiar el nombre a la avenida del general tartamudo: se llama aún hoy Baquedano. Ahí quedaron las casitas de dos pisos, casi siempre blancas, talladas en madera que no se apolilla, con barandas y altas ventanas, frente a frente, mirándose o adorándose de los dos lados de la avenida embaldosada.
De regreso a la ciudad, muchos decenios después, la realidad “no estaba ni ahí” con la imagen que dejamos; era una intentona patética de “volver a los 17”****.
En Chile, a la primera impresión las escuelas cambian poco, casi nada. Visto de más cerca, los chiquillos son numerosos, tantos, y los edificios ya estrechos se ensanchan, sus siluetas se acercan entonces a la de las señoras embarazadas.
Los notables, milicos o civiles, se pintan como quieren en las páginas de las enciclopedias nacionales y también aprovechan de meterse en el nombre de las calles. A veces, en la mediocridad, “los que mandan” se contentan de poner en todas partes las personalidades momificadas de la “Patria vieja”, signo de un país que clausura el ataúd de su historia. Y nos duele la cabeza dando vueltas en ciudades laberínticas, donde la Av. O’Higgins se cruza con la calle O’Higgins, no lejos de la Plaza O’Higgins. Porque a O’Higgins nadie le ha negado el reconocimiento, salvo su padre que lo hizo y lo dejo hijo natural. Descubrí que en esa fuga de la imaginación, el Liceo de Hombres se llamaba también Bernardo O’Higgins; a la memoria se me vino su imagen mas usual: un perfil obeso estampado en las monedas….Era inevitable pensar “a César lo de César..” y déjenlo en sus monedas, por favor.
Entonces comenzó en mi “una súplica por el liceo”. Denle vida, de la misma vida que llevan los recién nacido, vida de cuerpo profundo y de alma. Es tan fácil nombrar con certeza las cosas y las calles. Recuerden las viejas salas del liceo y sus perfumes marcados de pino Oregón o las escaleras monumentales que al oriente y poniente del patio se repartían en dos, como los sándwiches de pobre. Pregunten y comparen con lo que trae el viento.
Seguro que se escuchará decir “Luis Advis”, liceano de hace tanto tiempo, músico autodidacta, autor y compositor de “La cantata de Santamaría de Iquique”. Que de tan célebre que es como obra, solo se llama ya “La Cantata”. Luis Advis se familiarizó con los cuatro puntos cardinales: su nombre no es solo nuestro, es de la humanidad.
Y Humberto Lizardi. ¿Por qué no? Lo justifican el heroísmo y el martirio. Fue profesor del liceo; con solo 26 años, indefenso, mostró la valentía del prócer que nos mira las palmas de las manos desde el bronce oxidado de sus monedas. Se necesita mucho coraje para morir a 26 años, en 1973, con las manos vacías y atadas, los ojos vendados como si delante y detrás suyo solo hubiese la noche, la noche de un pelotón de ejecución militar pronto a ametrallarlo, por decisión de un fiscal narcotraficante, un general cruel y rastrero y el régimen mas vil de la historia de Chile. Lo sabe Pisagua, lo vio, lo sintió y envolvió los dramas y las fosas comunes al lado del mar, en su silencio vergonzoso de campo de concentración a repetición*****.
Si algún día el Liceo de Hombres de Iquique se llama Luis Advis o Humberto Lizardi, podremos de nuevo alargar un poco la distancia que hay entre la barbarie y Chile, entre la barbarie, Iquique y los suyos.
Ginebra, 1° de mayo de 2010
* Pega = empleo; 21 de mayo: aniversario del combate naval de Iquique, ocasión de festejos militares.
** “Chanchero”: estudiante que elude las clases por otras actividades mas placenteras.
*** Las Mancomunales fueron Federaciones Obreras a la base del sindicalismo chileno. La primera fue creada en Iquique por los lancheros, el 21 de enero de 1900, y era encabezada por Abdón Díaz.
**** Canción emblemática de Violeta Parra, una especie de himno al amor.
*****Pisagua: puerto del norte chileno utilizado ya como campo de concentración en 1948 por el presidente G. González Videla, personaje maquiavélico que los comunistas perseguidos en aquella época consideraban “El Judas chileno”. (La lista se alargó después del 11 de septiembre de 1973).
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